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JOSE WATANABE
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POEMAS (1) |
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Sin más presentación, los poemas. La mantis religiosa Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm de mis ojos Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del Chanchamayo y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas, confiando excesivamente en su imitación de ramita o palo seco. Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre, pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza cáscara. Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido a un macho vacío. La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así: el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando hembra y la hembra ya estaba aparecida a su lado, acaso demasiado presta y dispuesta. Duradero es el coito de las mantis. En el beso ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido, que va licuándole los órganos y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo, y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula a la muerte Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita. Las enciclopedias no conjeturan. Esta tampoco supone que última palabra queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta del macho. Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra de agradecimiento. De El huso de la palabra
Poema del inocente Bien voluntarioso es el sol en los arenales de Chicama. Anuda, pues, las cuatro puntas del pañuelo sobre tu cabeza y anda tras la lagartija inútil entre esos árboles ya muertos por la sollama. De delicadezas, la del sol la más cruel que consume árboles y lagartijas respetando su cáscara. Fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje, y esta otra: de cuando acercaste al árbol reseco un fosforito trivial y ardió demasiado súbito y desmedido como si fuera de pólvora. No te culpes, quién iba a calcular tamaño estropicio! Y acepta: el fuego ya estaba allí, tenso y contenido bajo la corteza, esperando tu gesto trivial, tu mataperrada. Recuerda, pues, ese repentino estrago (su intraducible belleza) sin arrepentimientos porque fuiste tú, pero tampoco. Así en todo. De El huso de la palabra
El maestro de kung fu Un cuerpo viejo pero trabajado para la pelea madruga y danza frente a los arenales de Barranco Se mueve como dibujando una rúbrica antigua, con esa gracia, y sin embargo, está hiriendo, buscando el punto de muerte de su enemigo, el aire no, un invisible de mil años. Su enemigo ataca con movimientos de animales agresivos y el maestro los replica en su carne: tigre, águila o serpiente van sucediéndose en la infinita coreografía de evitamientos y desplantes. Ninguno vence nunca, ni él ni él, y mañana volverán a enfrentarse. -Usted ha supuesto que yo creo a mi adversario cuando danzo- me dice el maestro. Y niega, muy chino, y sólo dice: él me hace danzar a mí. De Cosas del cuerpo
Mamá cumple 75 años Cinco cuyes han caído degollados, sacrificados, a tus pies de reina vieja. Sangre celebra siempre tu cumpleaños, recíbela en una escudilla donde pueda cuajar un signo brillante además del cuchillo. La bombilla de luz coincide con tu cabeza dormida y te aureola: Comenzamos a quererte con cierta piedad, pero tus ojos tus ojos se abren rápidos como avisados, y revive en ellos un animal de ternura demasiado severa. Tus ojos de ajadísimo alrededor son el resto indemne del personaje central que fuiste entre nosotros, cuando alta y enhiesta alargabas el candil hacia la oscuridad y llamabas susurrando a nadie. Las sombras en el muro y los gatos detrás de la frontera terrible eran inocentes. Tú, señora, eras el miedo. Cinco cuyes pronto estarán servidos en la mesa. Otros eran los del rito curador, los de entrañas abiertas y sensitivas que revelaban nuestras enfermedades. Estos son de diente, de presa. No dirán que tú eres nuestra más antigua dolencia. De Historia Natural
El guardián del hielo Y coincidimos en el terral el heladero con su carretilla averiada y yo que corría tras los pájaros huidos del fuego de la zafra. También coincidió el sol. En esa situación cómo negarse a un favor llano: el heladero me pidió cuidar su efímero hielo. Oh cuidar lo fugaz bajo el sol... El hielo empezó a derretirse bajo mi sombra, tan desesperada como inútil Diluyéndose dibujaba seres esbeltos y primordiales que sólo un instante tenían firmeza de cristal de cuarzo y enseguida eran formas puras como de montaña o planeta que se devasta. No se puede amar lo que tan rápido fuga. Ama rápido, me dijo el sol. Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino, a cumplir con la vida: Yo soy el guardían del hielo. De Cosas del cuerpo
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